El teatro Lloréns vuelve a escena

Reformado en 1915 por José Espiau Muñoz para convertirlo en sala de cine, Manuel de Falla, Rubinstein, Centeno, Concha Piquer o Raquel Meller habían pisado sus tablas

Antes que sala de cine fue teatro. Y escenario destacado para mítines y reuniones políticas. Acabó sus días un Martes Santo de 1982, cuando los nuevos adelantos técnicos de los multicines habían superado las condiciones de proyección cinematográfica en el local con entradas por la calle Sierpes y la calle Rioja. El Lloréns, una institución en el mundo de los espectáculos sevillanos, se reconvirtió (malamente) en perfumería y en sala de juegos. 

Ahora, la decisión de la  familia propietaria puede devolverle la vida con el cometido para el que se pensó: sala de espectáculos. Si bien, la historia más conocida de esta sala es como cine, ya bajo el mando de Vicente Lloréns Asensio, funcionario del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, secretario del Archivo de Indias y bibliotecario de la Universidad que volcó su amor por el séptimo arte en los dos escenarios que llegó a regentar en Sevilla: el Lloréns, que llevaba su nombre, y el Imperial, también en la calle Sierpes.

Reformado por José Espiau y Muñoz entre 1913 y 1915, el antiguo teatro se reconvirtió en sala de proyecciones cinematográficas como único local de invierno en la Sevilla de antes de la Exposición Iberoamericana. A la postre, esa reforma en la que el arquitecto abigarró la mayoría de elementos reconocibles del estilo regionalista (mocárabes, yeserías, ajimeces) bajo una armadura fingida de inspiración mudéjar, fue la que salvó el local,  catalogado como bien de interés cultural con usos acordes con el fin para el que se ideó.

Variedades

En 1916, después de la reforma, el local ofrecía dos sesiones en entrada continua de 8 a 12 con el siguiente espectáculo: sinfonía, la película muda «La moneda rota» por entregas, la cupletista Alicia del Pino, el ventrílocuo Moreno, La Perla Negra (danzarina etíope en la estela de Josephine Baker) y un número circense de Les Arturs. 

Vicente Lloréns fue fundador del Ateneo y a esta institución donó una biblioteca de cuatrocientos volúmenes con algunas joyas bibliográficas. Y, de hecho, la historia de la sala que regentó en la calle Sierpes –aunque con doble entrada, también por Rioja– se entrevera con la de la propia cabalgata de Reyes Magos: el primer Baltasar lo encarnó el portero del Lloréns Domingo por la única razón de que era negro. 

Lloréns había hecho de su afición por el cine algo más que una pasión: proyectaba películas mudas en el vestíbulo alto del teatro San Fernando y montaba cines de verano efímeros en la Plaza Nueva, con películas en varias series como «La máscara de los dientes blancos», y en el Prado.

La entrada por la calle Rioja, cerrada en 1982
La entrada por la calle Rioja, cerrada en 1982 – ABC

Zamacois y el carnaval

Durante los primeros años de su gestión al frente del local, alternaban las variedades, las conferencias y las proyecciones cinematográficas. En 1918, Vicente Lloréns se empeñó en darle una dimensión culturizante al cine y contrató al novelista Eduardo Zamacois para que pronunciara unas charlas biográficas ilustradas con películas documentales sobre la vida de los personajes cuya semblanza se esbozaba de palabra. Aquello no funcionó en taquilla, pero da idea del empuje cultural de aquel hombre que había argumentado la presencia de los huesos de Cristóbal Colón en su túmulo de la Catedral. 

En 1923, el Lloréns se anunciaba como «Suntuosa sala de bailes. Lo mejor del año 1923» para las fiestas de carnaval que tenían lugar en sus instalaciones. El Círculo Artístico Teatral obsequiaba a sus socios con billetes alemanes de la República de Weimar que servían de invitación para la fiesta de Carnestolendas, la última que se celebró porque la dictadura de Primo de Rivera prohibió las mascaradas

En Cuaresma de ese mismo año, el teatro de la calle Sierpes acogió el estreno de «El retablo del Maese Pedro», de Manuel de Falla, el 23 de marzo, a cargo de la Orquesta Bética de Cámara bajo la dirección de Ernesto Halfter

A ese escenario se habían subido artistas tan diversos como Centeno, Raquel Meller, el pianista Arthur Rubinstein o doña Concha Piquer interpretando «Ojos verdes», pero su entrada con honores en la pequeña historia del cine en Sevilla –como relata en su libro Carlos Colón– deriva de la proyección el 10 de enero de 1930 de la primera película hablada en la ciudad: «Sombra blanca», de la Metro Goldwyn Mayer

En 1932, Fernando Artacho -continuador de la gerencia tras la muerte de Lloréns en agosto de 1930– señalaba en una entrevista en ABC: «El teatro Lloréns marcha al margen de toda la competencia. Su antigüedad y seriedad entre los ‘cines’ de Sevilla y las normas de actuación trazadas, nos permiten vivir, como digo, al margen de toda competencia, sin temerla ni ejercerla». Puede que haya sonado la hora de volver a marcar una época.

Fuente: ABC

Redacción

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