El padre de Marta del Castillo: «No puedo asegurar que un día no me salte las reglas del juego»

Antonio del Castillo lleva 13 años buscando el cuerpo de su hija. ABC ha desvelado que ha comprado el piso donde se cometió el crimen para regalárselo al asesino a cambio de la verdad. Muchos le han criticado, pero los especialistas lo entienden: «Sin cuerpo no hay duelo»

Antonio del Castillo sigue buscando cada día el cadáver de su hija – EFE

La primera imagen de la serie de Netflix ‘¿Dónde está Marta?’ resume con precisión el dolor de la familia Del Castillo, que sigue enjaulada en un duelo infinito porque no ha podido cicatrizar aún una de las brechas más hondas del asesinato de Marta: el paradero de sus restos. Sin cuerpo no hay delito, pero tampoco descanso para las víctimas. La serie comienza con una imagen de una lápida con el nombre de Marta del Castillo y una frase del psiquiatra francés Jacques Lacan, discípulo de Freud e histórico psicoanalista: «El primer símbolo en que reconocemos la humanidad es la sepultura». La muerte no termina si no hay un lugar al que llevar flores. Y la familia de la joven sevillana no sólo ignora dónde está su cadáver, también desconoce la verdad sobre el asesinato y desaparición de Marta. La incertidumbre es la peor agonía. 

En este caso hay dos sentencias judiciales firmes con ‘verdades jurídicas’ distintas, una dictada contra Miguel Carcaño en la Audiencia de Sevilla y otra que condena a Javier García Marín, conocido como ‘El Cuco’, en el juzgado de menores. La primera dice que Carcaño mató a Marta y se deshizo del cuerpo con la ayuda del Cuco y de «una tercera persona desconocida». La segunda, en cambio, asegura que del cadáver se encargaron el Cuco y Francisco Javier Delgado, hermanastro del asesino. «¿Cómo se puede tolerar eso, cómo pueden pretender que yo me conforme?», se pregunta soliviantado Antonio del Castillo.

Durante todos estos años, el padre de Marta se ha mostrado como un hombre sereno, contundente en sus reclamaciones, pero sin aspavientos. Sin embargo, la noticia sobre la compra del piso en el que se cometió el crimen para ofrecérselo al asesino a cambio de la verdad ha generado tantas críticas contra él que ha decidido elevar el tono. «Me da igual lo que digan, haré lo que haga falta para encontrar a mi hija», se desahoga.«Esa familia todavía no ha cerrado el duelo. Perder a un hijo es un proceso antievolutivo, pero perderlo en esas circunstancias es algo muy difícil de asimilar», explica el psiquiatra Miguel Ruiz Veguilla.

Los expertos aseguran que todo lo que está haciendo para encontrar el cuerpo de su hija es razonable en sus circunstancias, pero no todo el mundo tiene empatía suficiente con el dolor. «Es muy fácil opinar desde un sillón», se queja el psiquiatra Miguel Ruiz Veguilla, quien, además, conoce el caso de cerca porque es el responsable de investigación de la Unidad de Salud Mental del Hospital Virgen del Rocío. «Esa familia todavía no ha cerrado el duelo. Yo conozco un caso similar en Motril, donde una madre lleva años buscando a su hija desaparecida. Son procesos inacabados y cuando se dan estas cosas tan extraordinarias es muy difícil saber qué haría uno en esas circunstancias porque son situaciones extremas y los seres humanos no estamos preparados para estos sucesos». 

Una excepción

Ruiz Veguilla analiza el caso de Marta haciendo una aclaración muy ilustrativa: «Los humanos le hemos puesto nombre a toda clase de pérdidas. Si mueren tus padres, quedas huérfano; si muere tu pareja, viudo; pero no le hemos puesto nombre a la muerte de un hijoporque eso es un proceso antievolutivo. Si a esto le añadimos que el matrimonio Del Castillo perdió a su hija en circunstancias dramáticas y que no tiene ni el cuerpo ni la confesión ni el arrepentimiento del asesino, eso es muy difícil de asimilar». Para el doctor es lógico que «al padre le dé exactamente igual el precio que tenga que pagar por encontrar el cuerpo de su hija». Y pone un ejemplo muy claro: «Esto se entiende mejor con el asunto de la Memoria Histórica, es normal que quieran enterrar al bisabuelo para descansar. Pues un hijo es mucho peor, no estamos preparados científicamente para eso». «El caso se entiende mucho mejor con el asunto de la Memoria Histórica. Buscan a sus bisabuelos para enterrarlos y descansar, pues un hijo es mucho peor».

Antonio del Castillo asiente aliviado ante este razonamiento: «Cuando es un accidente, una enfermedad, algo que podríamos calificar como cotidiano, te lo tomas de distinta manera, pero cuando es algo inesperado como un asesinato, que es mi caso, te rompe para siempre». La charla con el padre de Marta es distinta a la de otras veces. Está lloviendo fuerte en Sevilla y en el salón de su casa ha vuelto a quedarse vacía una silla en Nochebuena. Está cansado y su queja es más desabrida que nunca, como la tormenta que golpea su ventana con la misma fuerza con la que aquella noche del 24 de enero de 2009 él aporreó la del piso en la que acababan de matar a su hija. «No estamos en Estados Unidos, donde pegan tiros todos los días, ni en un país africano. Aquí había que haber actuado mejor y, para colmo, cuando pillaron a los malos todo fracasó, todo ha ido mal, no tener el cuerpo de mi hija es un calvario para nosotros». Antonio endurece su vocabulario por primera vez en trece años. «Llevo mucho tiempo guardando las formas».«Cada día me pregunto en qué país estoy, que no ha sido capaz de descubrir la verdad», denuncia Antonio del Castillo.

-Se le nota dolido por las críticas.

-Póngase en mi lugar. Hay personas que no entienden este tipo de cosas, pero yo a esos les hago mis preguntas: yo me tengo que fiar de lo que dice quién, ¿el que está en la cárcel, el juez, las dos sentencias distintas que hay?, ¿eso me lo tengo que comer por cojones? ¡Pues yo no me lo voy a comer por cojones porque ni el que está en la cárcel ni dos jueces distintos me digan lo que a ellos les salga de los cojones!

La oferta del piso del crimen es sólo una de muchas medidas que ha llevado a cabo la familia para acercarse a la verdad. «A nosotros nos han dejado tirados todos, desde el primero hasta el último. Yo cada día me pregunto en qué país estoy, que no ha sido capaz de descubrir la verdad». El doctor Veguilla lo comprende: «Sin la verdad no termina nunca el periodo de resiliencia». 

-¿Le quedan fuerzas todavía, Antonio?

-Claro que me quedan. Me han puesto una verdad por escrito que es la que ellos quieren, tengo dos sentencias distintas de jueces distintos, ¿por qué? Si hay gente que sabe la verdad, uno en la cárcel y un puñado libremente por ahí, ¿por qué me lo tengo que comer?, ¿por qué la ley, el sistema judicial y el policial no son capaces de darme una realidad? ¡Pues no, yo no soy así! Mientras esté dentro de la ley, haré lo que haga falta. Y tampoco le digo que algún día no me salga, como persona no le puedo asegurar que un día no me salte las reglas del juego. Siento hablarle de esta forma, pero es que ya estoy harto.«Yo sigo las reglas del juego y el juego me está dejando tirado. Creo que cualquier padre haría lo mismo que yo».

-Lo que está diciendo es muy duro.

-Ya, pero yo sigo las reglas del juego y el juego me está dejando tirado. ¿De qué juego me están hablando? ¿Porque lo diga un fulanito con galones me lo tengo que comer? Pues yo no. No les voy a dar la razón ni porque lleven galones ni porque lleven toga. Y creo que cualquier padre haría lo mismo, a mí no me tienen que tachar ni de mejor ni de peor padre, hago lo mismo que haría cualquiera, soy una persona trabajadora, he seguido siempre todas las reglas del juego. Yo había entrado en una comisaría sólo para renovar el DNI y cuando tuve que entrar por otra razón me di de bruces con la realidad.

No se avergüenza ante ninguna crítica. Fue a ver al asesino a la cárcel, ha comprado su piso para regalárselo a cambio del cuerpo, va casi todos los días a rastrear zonas en las que podría estar su hija… «Yo no digo que me tengan que entender. ¿Estoy dentro de la legalidad? Sí. ¿Haré todo lo que sea posible? Sí. Y haré muchas cosas que no han salido, con lo del piso se me ha descubierto porque Sevilla es un pueblo, eso lo he tenido oculto muchos meses. Yo hago muchas cosas y procuro que nadie se entere y pasar desapercibido. Seguiré haciendo lo imposible y quien me quiera entender que lo entienda y quien no, pues nada».

«Una situación así es la muerte en vida», concluye Miguel Ruiz Veguilla. El aforismo de Lacan atropella la conversación en cada lamento de Antonio. «El primer símbolo en que reconocemos la humanidad es la sepultura». Y por encima de las explicaciones técnicas del psiquiatra sobre el duelo agónico de la familia y sobre las mentiras inhumanas del asesino, queda un suspiro desolador de un padre que no sabe dónde llorarle a su hija: «Perdóneme el desahogo, pero estoy hasta los cojones».

Fuente: ABC

Redacción

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