A 90 años de la quema masiva de iglesias en la II República: la locura que Azaña se negó a parar

El 11 de mayo de 1931 se desató en la capital un torrente de violencia anticlerical que derivó en la quema de conventos

El gobierno, contra las cuerdas, se vio obligado a sacar al ejército a la calle a pesar de que, en principio, tildó los sucesos como una mera chiquillada

El 11 de mayo de 1931 amaneció agrio en la capital tras una negra jornada de disturbios. Quema de iglesias y conventos, ni más ni menos; un torrente de violencia contraria al clero en los albores de la Segunda República. Todos palpaban la tensión en el ambiente. O casi todos… Según explicó en sus memorias Miguel Maura, entonces ministro de Gobernación del Gobierno Provisional, uno de sus compañeros no veía peligro alguno en que los exaltados se hiciesen a la calle con palos y antorchas. El ‘hombre tranquilo’ en cuestión era Niceto Alcalá Zamora, presidente en funciones y más cordobés que un salmorejo con sus tiras de jamón.

–Cálmese, Migué, que esto no es sino, como decía su padre, «fogatas de virutas». No tiene la cosa la importancia que usted le da. Son unos cuantos chiquillos que juegan a la revolución y todo se calmará enseguida. Usted verá. 

Quema de templos durante la Segunda República
Quema de templos durante la Segunda República

Maura, o eso escribió, le reprochó su postura. «Es usted un insensato. O me dejan sacar fuerzas a la calle o arderán todos los conventos de Madrid, uno tras otro». Pero el recién estrenado Gobierno Provisional no estaba para cargar contra la misma población que había permitido el advenimiento de la República. Manuel Azaña, viejo conocido de los presentes, fue claro en lo que respecta a llamar a la Guardia Civil: «Eso no.  Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano». El ministro de Gobernación se retiró indignado al despacho de otro de sus colegas, Rafael Sánchez Guerra. Ambos se desesperaron juntos.

Las horas siguientes fueron un caos. «Cada cuarto de hora llegaba la noticia de un nuevo incendio de otro convento». Al cuarto «notición», como lo llamó Maura, le pidieron que regresara junto a sus compañeros. «Se habían acabado las risas y las bromas. Mis colegas empezaban a darse cuenta de que estaban frente a un principio de revolución iniciada por unos chiquillos, pero que, ante la impunidad más absoluta de que gozaban, podían dar al traste con otras cosas mucho más que los conventos». Cuando llegó se habían acabado las risas y hasta el ‘hombre tranquilo’ estaba en guardia: «Venga usted acá, Migué. Puede que tenga razón».

Vaya si la tenía.  En pocas horas ardieron una infinidad de edificios religiosos. Entre ellos, la casa de los Jesuitas en Madrid. La situación solo se tranquilizó cuando el Gobierno ordenó la entrada del ejército en la capital. Pero, para entonces, la locura pirómana se había extendido ya a otras regiones como Málaga, donde cayeron, presa de las llamas, cuarenta inmuebles. Todos ellos, por descontado, saqueados. Pero no fue la única. A esta urbe se unieron pronto ValenciaAlicanteMurciaGranadaCórdobaJerezSevillaCádizSanlúcar Algeciras. En algunos puntos tuvo que ser declarado el Estado de Guerra y, al final, hubo que contar cuatro muertos. Para colmo, no hubo represalias.

Silenciados

La locura comenzó el domingo 10 de mayo, día en que el Círculo Monárquico Independiente verificaba, según publicó el ABC de la época, «la votación de la Junta Directiva del Comité Central». Durante el evento, un grupo de exaltados republicanos se enfrentaron a otros tantos monárquicos presentes. La mecha la prendió, en palabras del periódico Ahora, un taxi que arribó a la zona. «Iba ocupado por dos individuos. Estos se asomaron a las ventanillas y gritaron “¡Viva el Rey!” y “¡Viva la Monarquía!”. El chófer los contrarrestó con gritos de “¡Viva la República!”». 

La locura se generalizó y, en pocas horas, fue quemado un quiosco del periódico católico El Debate.  También fueron pasto de la violencia varios negocios considerados ‘religiosos’ y una manifestación se ubicó frente a la sede de la Dirección General de Seguridad. La situación pintaba turbia.

Iglesia de los Jesuitas en la calle Flora
Iglesia de los Jesuitas en la calle Flora – ABC

Mientras, a partir del 10 de mayo, ABC no pudo salir a la calle. Y eso, después de que un grupo de exaltados hubiera intentado quemar su sede. La Segunda República suspendió la publicación del periódico e incautó el edificio de Prensa Española en la calle Serrano. El proceso (si es que puede llamarse así) se extendió hasta el 5 de junio, cuando el diario pudo hacerse eco de los trágicos sucesos acaecidos durante la llamada  ‘quema de conventos’. «Al objeto de que queden registrados en nuestra colección los más destacados acontecimientos nacionales ocurridos durante el período que ha durado la forzosa incomunicación de ABC con sus lectores, haremos desde hoy, por orden cronológico, un resumen de los mismos», explicaba el redactor.

Según el periodista, habían sido forzados al silencio «en el momento en el que hubiera sido oportuno formular» la información. «Entonces no pudimos consignar la protesta que hoy expresamos, ardiente dolorida, contra el vandalismo que acusaron las profanaciones y atropellos cometidos en Madrid y en algunas provincias, con ocasión de la quema de iglesias y conventos, desmanes que han merecido la más enérgica repulsa de toda conciencia honrada». A continuación, el diario recopiló las mayores atrocidades perpetradas en la capital.

Arde Madrid

Uno de los ataques más sonados se sucedió el 11 de mayo contra un enclave más que popular. «Fue incendiada por las turbas la residencia de la Compañía de Jesús, de la calle de la Flor», reseñaba ABC. La noticia llegó de forma inmediata al Consejo de Ministros, donde causó una reacción dispar entre los presentes. Maura, en sus memorias, relata que se sintió indignado porque algunos de sus compañeros se tomaron a chanza lo sucedido. A uno de ellos le pareció hilarante que fuesen los hijos de San Ignacio los primeros en «pagar el tributo al pueblo soberano». Azaña, por su parte, esgrimió aquello de la famosa «justicia inmanente». 

El periodista Josep Pla, presente durante la quema del convento, afirmó que «una docena» de exaltados lo hicieron todo. «Con unos tablones que había en Gran Vía han derribado una ventana baja. Ya dentro de la Iglesia, han hecho un montón con sillas y bancos, que han rociado de petróleo, y todo ha prendido fuego con la paja». En sus palabras, vio alzarse una extensa llama tras el rosetón del edificio. «Afuera, en la Gran Vía, la Guardia Civil a caballo, mano sobre mano, pasa el rato fumando», sentenciaba. Todavía no había recibido la orden de detener a los incitadores.

La iglesia de los Jesuitas arde por culpa de un grupo de exaltados
La iglesia de los Jesuitas arde por culpa de un grupo de exaltados – ABC

Tal y como recogió ABC, después le tocó el turno al «convento de Maravillas, de la calle Bravo Murillo; el de las monjas Bernardas, de la calle Isabel la Católica; el Instituto Católico de Artes e Industrias, de la calle Alberto Aguilera» y hasta siete edificios religiosos más. De todos estos incendios se informó a unos ministros que, con el paso de las horas, entendieron que lo que tenían entre manos era algo más que una niñería. El mismo Indalecio Prieto, que se contaba entre las personalidades más destacadas del Gobierno Provisional, entró airado en la sala durante aquella aciaga mañana para dar buena cuenta de lo que había visto:

–Vengo de Gobernación y he hablado yo mismo con Barcelona y Valencia. No pasa nada en ninguna parte y todo está tranquilo. En cambio, he visto, por la calle de Alcalá, las bandas de golfos que están quemando los conventos con latas y estropajos, y digo que es una vergüenza que se paseen por Madrid impunemente haciendo daño. Hay que acabar con esto en el acto.

En palabras de Pla, parte de los madrileños salieron a la calle para deleitarse con las llamas. «Los vendedores hacen a su gusto. Una fila de ciudadanos apoyados en la pared aprovecha el tiempo y se hace limpiar los zapatos». Para ellos, aquello era una suerte de tétrica festividad. «Durante muchas horas no ha habido en Madrid otra distracción mejor que la quema de conventos». Sin embargo, incidió también en que sería un error creer que todo el mundo había visto los hechos de igual forma. «Muchos ciudadanos la han contemplado con caras largas y tristes. No sé si resignados.  Casi me atrevería a decir que el terrible desatino ha agradado muy poco en Madrid entre las personas conscientes».

Raro final

A partir de este momento existe cierta controversia sobre lo que ocurrió. Maura sostiene que, sobre las dos de la tarde, el Gobierno Provisional se reunió con el objetivo de decidir si sacaban o no a las autoridades a la calle. Azaña se mantuvo firme y votó que no. Y, como era de esperar, le siguieron todos sus correligionarios. Largo Caballero habló después, tras toda la mañana sin decir una palabra, para señalar que, aunque estaba en contra de la violencia, era socialista y no podía reprimir al pueblo. Se abstuvo. 

Una vez más, Maura decidió retirarse a su casa dolido. Aunque, poco antes, se topó con un piquete que exigía hablar con los cabecillas de la Segunda República. Uno de ellos era Pablo Rada, aquel que había batido un récord mundial de aviación junto a Ramón Franco. Todo quedó en nada. No fue hasta las cinco de la tarde cuando, a la vista de que era imposible mantener el orden y la ciudadanía no se iba a calmar, se declaró el Estado de Guerra y se sacó el ejército a las calles de la capital. Según el Gobierno Provisional, para no mezclar a la Guardia Civil en tal acto de represión.

Fuente: ABC

Redacción

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