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La historia del traje de flamenca

Dicen que cada maestrillo tiene su librillo y es cierto. Cada estudioso de la moda tiene el suyo. Servidora, después de tantos años de profesión y de bucear en un sinfín de documentación, tiene su teoría acerca del  origen del traje de flamenca. Teoría que no tiene por qué enfrentarse a la del vecino. Todo es válido si se argumenta.

Cuando me puse a investigar sobre el traje de flamenca, ese que los grandes diseñadores han diseccionado para extraerle sus entrañas, porque saben que es el más sensual de los trajes regionales, me di cuenta que Coco Chanel también sobrevolaba por su historia.

La señorita de la Rue de Cambon,  la que no tuvo empacho en reconocer que sus amantes le habían ayudado a levantar su imperio, que ella convirtió en un imperio sin fecha de caducidad, fue la precursora del “miserabilismo” elevado a la categoría de ropa de lujo.

Sus colecciones inspiradas en los uniformes de hospiciana, que vistió en su infancia y adolescencia, causaron sensación entre la empingorotada sociedad francesa de principios de siglo.

La historia del traje de flamencaPero Coco Chanel no fue una precursora de que la moda ascendiera por la base para instalarse en la altura. No, la democracia llegó a la moda en Sevilla. Y no me refiero  a  la democracia de la moda actual de copiar las ideas de los grandes y “jibarizarlas económicamente” para que el pueblo pueda acceder a ella, producida, a veces, en condiciones de dudosa legalidad.

Cuentan las crónicas que a mediados del siglo XIX, el británico Worth democratizó la moda con la industrialización de sus diseños, hasta el momento exclusivos para la aristocracia. Había nacido el prêt-à-porter. En aquellas fechas en Sevilla se gestaba la que luego sería la Feria más universal. Una feria de ganado a la que acudían las mujeres de los tratantes, en su mayoría gitanas o  sencillas campesinas andaluzas, vestidas con sus humildes pero airosas batas de percal. La bata de faena, rematada en dos o tres volantes, con la que cocinaban en el anafe el puchero familiar, iba cociendo, sin saberlo, una auténtica revolución en la moda. Una revolución de abajo a arriba, cuya esencia ha llegado, a veces un tanto deteriorada, al siglo XXI.

Porque, ¿cuándo la moda había ascendido por la base para llegar laureada a la altura? ¿Cuándo la aristocracia y las clases pudientes se habían rendido al pueblo, encandiladas con unas prendas que realzaban el cuerpo femenino  y le imprimían un garbo y una desenvoltura que anulaban por completo las envaradas modas foráneas que llegaban sobre todo de Francia?

La Feria se convirtió en una improvisada pasarela por donde desfilaban los trajes de flamenca de alegres y chispeantes colores de la mujer del pueblo. Las clases sociales acomodadas no dudaron en copiar sus patrones, aunque con tejidos más costosos.  La revolución estaba en marcha.

La historia del traje de flamencaEs verdad que en Andalucía, con sus lógicos e históricos vaivenes,  lo castizo prendió desde muy temprano en el seno de las clases elevadas, sobre todo en las mujeres, cansadas de las ataduras de los modos y las modas imperantes.  La condesa  D’Aulnoy ya se hizo eco en el siglo XVII del apego aristocrático a ciertas formas de vida populares, que luego refrendarían los viajeros románticos del XIX.

Pero es verdad que, a través de los años, la mujer se encargó de elaborar un sinfín de artimañas para sacarle más partido al traje de flamenca. Artimañas que aún perviven. A saber: la profusión de volantes disimulaba con gracia la tosquedad de las primeras telas, además de imprimir al andar una sugerente desenvoltura.

Su misma hechura, el llamado cuerpo de guitarra, muy propio de la mujer mediterránea, de pecho y caderas generosas, realza estas cualidades y disimula sus defectos. Escote de pico,  redondo o cuadrado, según las épocas y tendencias, que permite alargar la figura, al igual que el pelo recogido en un moño para dar esbeltez al cuello y no romper la silueta; talle ceñido para abrirse luego en las caderas a modo de flor.  Así  nuestro traje de flamenca fue poco a poco  ganando en soltura y coquetería, además de irse “vistiendo” con los distintos complementos: mantones de Manila, flores en el pelo, corales… El traje de flamenca que es la verdadera democracia de la moda paseando por las calles del Real.

Clara Guzmán (telademoda.com) en colaboración con Sevilla.net.

 

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